Reflexiones femeninas sobre la vida, la muerte, las hijas y demás. Celebración de mis 33 años de vida.


domingo, 17 de diciembre de 2006

Coyote

Ayer mientras veía una película, salió una escena en la que una madre -descendiente de indígenas norteamericanos- enseñaba a su hija a rezar por el alma de un coyote muerto. Sentí un profundo deseo de que mi madre me hubiera enseñado a rezar. Que me hubiera heredado algún tipo de creencia de la que aferrarme en momentos de profunda tristeza y desesperanza. Pero supongo que mientras mi infancia transcurría al lado de su vida, ella estaba muy preocupada por los grandes temas de la Humanidad y la Política. Probablemente me hubiera consolado con unos versos de La Internacional o cantándome “el pueblo unido jamás será vencido”…
Así que ahora yo no se qué explicación darle a mi pequeña Ju cuando pregunta a dónde se fue el abuelo –su bisabuelo que acaba de morir-, y por qué ya no puede subir a saludarlo. En realidad no estoy muy segura de compartir con ella las pocas intuiciones que me he colectado de adulta para tratar de explicarme todos esos vacíos que dejó mi muy laica y atea educación infantil. ¿Qué sentido tendrá para ella si le digo –no del todo convencida- que el alma de su abuelo regresó a su Origen y que está en un mejor lugar o estado que la cama donde pasó postrado los últimos días de su vida? Yo misma quisiera creer que es así, que el cuerpo es sólo una suerte de disfraz con el que nos movemos en esta vida, y que cuando nos desprendemos de él, el alma, la energía vital, la esencia o como se llame, regresa a un estado de unión con un alma superior o mayor, de donde se deriva todo lo que vive. Ojalá que así sea, y que el Abuelo, al igual que el Coyote de la película, hayan regresado a ese estado ideal. ¿Será ese el paraíso del que hablan las religiones?

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