Reflexiones femeninas sobre la vida, la muerte, las hijas y demás. Celebración de mis 33 años de vida.


domingo, 6 de abril de 2008

Nostalgia en un domingo desencantado

Yo nací a principio de los setenta. Crecí escuchando a Silvio, a Inti Illimani, a Mercedes Sosa. Hay canciones que todavía no puedo escuchar sin llorar. Crecí sin tíos de verdad, pero rodeada de tíos y tías que iban y venían de mi casa, crecí yendo de casa en casa pensando que algún día regresaríamos a Casa, al paisito que dejamos y que ya nunca más existió... Crecí soñando sueños ajenos convencida de que eran míos. Sigo creyendo que algunos de esos sueños son míos, sigo soñando yo también con un mundo mejor y más justo para todos, solo que lo sueño con desencanto. Tengo nostalgia de aquellas épocas, cuando generaciones enteras lo daban todo creyendo que el sacrificio valía la pena. Hoy pienso que mucho de lo que se hizo y de lo que se dejó atrás no valió la pena. Parece que hay tanto por hacer aún, y ningún lugar por dónde empezar.

Mamá de la Osa

Hay temas de los que es más difícil hablar... o escribir. Mi hija menor nació con una condición genética poco común. Una patita de un cromosoma de sus genes tiene un pedacito faltante. Esa es la explicación técnica, la explicación breve es que es una niñita diferente a las demás, diferente a su hermana, a sus primas y sus vecinas...
Si la maternidad es en sí misma un evento complicado, ser mamá de un niño diferente lo es más. Para mi ha significado muchas cosas, algunas dolorosas y otras muy felices. Su condición médica no deja de ser motivo de angustias y miedos –entre otras cosas, la Osa tiene una cardiopatía compleja-, al tiempo que la lentitud de su desarrollo me ha dado la oportunidad de disfrutarla como se disfruta una escena amorosa en slow motion. Cada logro sabe a gloria.Nunca se me olvida que yo la pedí a la Osa, tal y como es. En mis romanticismos juveniles pensaba que yo sería lo suficientemente fuerte para criar a un hijo diferente, y que prefería que me lo mandaran a mí que a otra persona que tal vez no le daría el cariño y la atención necesarios. Sobre mi capacidad de quererla no dudo en ningún momento. Lo que a veces me pregunto es si seré lo suficientemente fuerte como para enseñarla a vivir su propia vida, si sabré educarla sin sobreprotegerla, si podré ver cómo se cae y aprende a levantarse por sus propios medios.