
"Olas que vienen, olas que van, y yo sentada a la orilla del mar"
Mira nada más, abuela... yo siempre pensé que el día que te murieras sería por caerte de un árbol, o por tropezarte haciendo aerobics, o algo así. Nunca quise que la muerte te alcanzara en la cama de un hospital. Me consuela en todo caso saber que tu dios fue piadoso contigo, que te llevó rapidito y sin tanto aspaviento, rodeada, como siempre, de mucho cariño, pero sobre todo acompañada por todos tus hijos, mi madre incluida.
Si lo pienso friamente, creo que hasta tuviste el tino de irte en fin de semana, así te acompañaron en tu despedida muchas, muchísimas personas que te conocieron. Yo quise estar ahí, quise ser una de las muchas voces que cantaron en tu nombre bajo el frío del invierno, pero la distancia es canija, estamos literalmente al otro lado del mundo.
Me alegro por ti, abuela. Me alegro de que no hayas sufrido tanto. Me alegro de que tu religión te haya dado la fuerza y la claridad para ver que te ibas a un lugar mejor (quién más preparado para morirse que aquel que va al paraíso después de vivir tanto la vida).
Me duelo yo, abuela. Me duele pensar que te adelantaste unos meses y que ir a Santiago en noviembre ya no significa ir a visitarte. Me duele que ya no conociste a mi hija menor. Me duele además este dolor acumulado de años, de no haber crecido a tu lado, de no haberte compartido con mis primos. Me duele que eras el último eslabón que me unía con el pasado, mi última abuela viva.
Me duele también mi madre y su orfandad de abuela. Supongo que ningún hijo o nieto te quita el dolor de perder a tu madre. Y más después de tantos años y tanta distancia. Pobre mamá...
Hasta luego, pues
Mira nada más, abuela... yo siempre pensé que el día que te murieras sería por caerte de un árbol, o por tropezarte haciendo aerobics, o algo así. Nunca quise que la muerte te alcanzara en la cama de un hospital. Me consuela en todo caso saber que tu dios fue piadoso contigo, que te llevó rapidito y sin tanto aspaviento, rodeada, como siempre, de mucho cariño, pero sobre todo acompañada por todos tus hijos, mi madre incluida.
Si lo pienso friamente, creo que hasta tuviste el tino de irte en fin de semana, así te acompañaron en tu despedida muchas, muchísimas personas que te conocieron. Yo quise estar ahí, quise ser una de las muchas voces que cantaron en tu nombre bajo el frío del invierno, pero la distancia es canija, estamos literalmente al otro lado del mundo.
Me alegro por ti, abuela. Me alegro de que no hayas sufrido tanto. Me alegro de que tu religión te haya dado la fuerza y la claridad para ver que te ibas a un lugar mejor (quién más preparado para morirse que aquel que va al paraíso después de vivir tanto la vida).
Me duelo yo, abuela. Me duele pensar que te adelantaste unos meses y que ir a Santiago en noviembre ya no significa ir a visitarte. Me duele que ya no conociste a mi hija menor. Me duele además este dolor acumulado de años, de no haber crecido a tu lado, de no haberte compartido con mis primos. Me duele que eras el último eslabón que me unía con el pasado, mi última abuela viva.
Me duele también mi madre y su orfandad de abuela. Supongo que ningún hijo o nieto te quita el dolor de perder a tu madre. Y más después de tantos años y tanta distancia. Pobre mamá...
Hasta luego, pues
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